MEMORIAS DE 2027

Una imagen conceptual representa la amenaza de una guerra nuclear zpagistock/ Getty

Escribo estas páginas en el verano de 2043. El cielo vuelve a ser azul en días contados, aunque nunca es el azul que recuerdo cuando era un joven estudiante lleno de optimismo e inseguridades. También quisiera comentar que el frío y la nieve continúan llegando en la época equivocada y que la temporada agrícola es varias semanas más corta de lo que era antes de la guerra del 2027. Javier Tejada (Universidad de Barcelona) Eugene Chudnovsky (The City University of New York). lavanguardia.com 

“Muchas son las personas que dicen que el mundo que conocíamos acabó en julio de 2027. Pero se equivocan si hablamos con rigor: las explosiones del verano fueron solo el principio. El mundo terminó de verdad seis meses después, cuando comprendimos que la pérdida de las primeras cosechas no había sido temporal y que las reservas de alimentos se estaban agotando.

Durante las primeras semanas de la gran catástrofe, todavía creíamos que los gobiernos seguían existiendo en algún lugar más allá de las “montañas” y nos mostrábamos seguros de nuestra creencia de que alguien, muchos quizás, habían sobrevivido. Por eso, pensábamos que pronto llegarían los trenes y veríamos aviones surcando el cielo. También decíamos a los más jóvenes que pronto el ejército organizaría la distribución de alimentos y que a bien seguro las ondas de radio volverían a despertarnos. Pero mientras tanto, cada mañana subíamos a la cresta de la montaña más cercana y tendíamos una antena de alambre entre dos pinos. Nada. Solo ruido indescifrable.

El mundo se ha vuelto mucho más silencioso de lo que cualquiera que viviera antes del 2027 podría haber imaginado. Ya no existen los mercados financieros que abrían en Tokio, Londres o Nueva York y avivaban las industrias y el comercio. Con el tiempo supimos que existían comunidades dispersas de supervivientes que, de repente, aprendieron que la civilización es mucho más fácil de destruir que de reconstruir, a la vez que los niños preguntan a los mayores cómo terminó el mundo. La respuesta es que el mundo necesitó de mucho tiempo para desaparecer y terminó por el efecto de mil decisiones equivocadas, cada una de las cuales parecía, curiosamente, razonable para quienes las tomaron.

Mirando hacia atrás, las personas discrepan sobre cuándo comenzó realmente el camino hacia la catástrofe. Algunos señalan febrero del 2022, cuando Rusia lanzó su invasión a gran escala contra Ucrania. Otros se remontan a la agitación en Kiev en 2014, interpretada en Moscú como un golpe respaldado por Occidente y que provocó la ocupación rusa de Crimea. También están los que señalan con el dedo al tablero internacional tras el final de la Guerra Fría: Estados Unidos creyó que la historia lo había elegido como vencedor permanente y comenzó a exhibir su poder en las fronteras rusas. Sea cual fuera el verdadero comienzo, la guerra en Ucrania transformó Europa. 

Al principio, parecía un conflicto regional. Las naciones occidentales suministraban a Ucrania armas, inteligencia, dinero y entrenamiento mientras evitaban cuidadosamente el combate directo. Rusia mostró inicialmente contención. Continuó atacando infraestructuras ucranianas, movilizando reservas y adaptando su ejército, aunque parecía evitar una confrontación directa con la OTAN. Ambos bandos fueron escalando gradualmente.

Cada mes aparecía una nueva “línea roja” que, una vez cruzada, se convertía en la nueva normalidad. Los ataques ucranianos alcanzaban zonas cada vez más profundas del territorio ruso, dañando refinerías de petróleo y cadenas de suministro. Los misiles rusos alcanzaban objetivos cada vez más alejados dentro de Ucrania, diezmando su logística militar y civil. Los drones se volvieron más baratos que los proyectiles de artillería. La inteligencia artificial redujo el tiempo entre la detección y la destrucción. El mundo se acostumbró a los informes diarios de explosiones en ciudades que habían vivido en paz durante generaciones. Quizá ese fue el primer gran error que no supimos ver.

Mientras tanto, otro incendio ardía lentamente en Oriente Medio. La confrontación entre Israel e Irán llevaba décadas desarrollándose mediante fuerzas interpuestas, operaciones encubiertas y sanciones. Sin embargo, hasta febrero del 2026 nunca había alcanzado el nivel del asesinato del Líder Supremo de Irán y de parte de su familia en pleno desarrollo de las negociaciones entre diplomáticos estadounidenses e iraníes. Otra “línea roja” cruzada. Esa audaz acción desencadenó una fuerte respuesta militar de Irán, lo que “obligó” a Estados Unidos, el aliado más cercano de Israel, a entrar en una guerra total en Oriente Medio. Había comenzado la destrucción de la “cuna de la civilización humana”.

Antes de que las hostilidades tomaran un rumbo irreversible, todos los gobiernos insistían en que deseaban evitar una guerra regional. Todos los gobiernos creían que la disuasión requería demostrar fortaleza. Estados Unidos seguía comprometido con la defensa de Israel. Rusia reforzó su cooperación con Irán. China amplió su influencia económica evitando compromisos militares directos.

Cada potencia afirmaba buscar la estabilidad, pero todas se preparaban para la inestabilidad. Los años 2025 y 2026 estuvieron llenos de crisis que nunca llegaron a convertirse del todo en desastres. Se atacaron petroleros. Las rutas marítimas fueron amenazadas. Los precios del petróleo se disparaban y luego retrocedían. Los sistemas de defensa aérea interceptaban misiles sobre ciudades densamente pobladas. Los diplomáticos viajaban sin descanso entre capitales. Cada desescalada exitosa convencía a los dirigentes de que las futuras crisis también seguirían siendo manejables. Esa confianza se convirtió en otra ilusión fatal. A finales del 2026, las guerras ya no estaban separadas. Los ataques con misiles se extendieron por todo Oriente Medio. Las exportaciones de energía colapsaron. Los mercados mundiales entraron en pánico. Los enfrentamientos navales se multiplicaron.

El frente ucraniano se intensificó precisamente en el peor momento. Ataques ucranianos de largo alcance destruyeron infraestructuras militares rusas cruciales. La guerra electrónica dejó ciegos a los satélites. Los cables submarinos de comunicación europeos y de Oriente Medio resultaron dañados por misteriosas explosiones cuya autoría nunca pudo establecerse de manera concluyente. Los sistemas financieros comenzaron a fallar de forma impredecible. Internet se fragmentó. Los gobiernos dejaron de compartir información incluso con sus mejores aliados.

Entonces llegó el acontecimiento que aún hoy permanece envuelto en rumores. Algunos lo llaman el incidente de Kaliningrado. Otros lo llaman el error del Báltico. Nadie sabe exactamente qué ocurrió porque los centros de datos que conservaban las pruebas fueron destruidos durante la semana siguiente. Una versión sostiene que un misil hipersónico sufrió un fallo. Otra, que la guerra electrónica corrompió los sistemas de guiado. Una tercera afirma que una red automatizada de defensa identificó erróneamente un ataque convencional entrante como nuclear.

Sea cual sea la verdad, el caso es que se utilizaron armas nucleares tácticas por primera vez desde 1945. Las primeras explosiones mataron a decenas de miles de personas en Rusia y Europa occidental. El pánico que desataron acabaría costando millones de vidas. Durante décadas, los estrategas militares habían hablado con confianza sobre “opciones nucleares limitadas”. Imaginaban respuestas cuidadosamente calibradas. Escalada medida. Señalización controlada. Esas expresiones desaparecieron en cuarenta y ocho horas.

De repente, todos los bandos temieron perder sus fuerzas nucleares antes de poder responder. Los sistemas de alerta detectaban lanzamientos. Algunos eran reales. Otros eran falsas alarmas. Nadie tenía la certeza suficiente para esperar. La segunda oleada alcanzó bases militares. La tercera alcanzó centros de mando. La cuarta ya no distinguía entre objetivos militares e industriales.

Las grandes ciudades desaparecieron bajo enormes nubes de humo y polvo. Las redes eléctricas colapsaron casi simultáneamente en todos los continentes. Los satélites de comunicaciones dejaron de funcionar. La navegación falló. Los aviones que ya estaban en vuelo tenían enormes dificultades para aterrizar. Los hospitales agotaron sus generadores de emergencia. Los sistemas de abastecimiento de agua dejaron de funcionar.

Los más afortunados murieron rápidamente. El resto entramos en el Gran Silencio. Yo sobreviví porque casualmente asistía a una conferencia científica en una remota región montañosa. Nuestro valle no tenía importancia estratégica. Observamos luces extrañas en el horizonte sur durante la primera noche sin comprender su significado. Los teléfonos enmudecieron. La radio dejó de emitir su programación habitual. Luego dejó de emitir por completo. Pasamos semanas creyendo que alguien restablecería el orden. En cambio, descubrimos que ya no quedaba nadie capaz de hacerlo.

Lo que vino después fue peor que la guerra. Un humo denso se extendió por la alta atmósfera. Los días se volvieron tan oscuros como las noches. La temperatura descendió. Las cosechas murieron. La distribución de alimentos desapareció. Los medicamentos desaparecieron. Las reservas de combustible se agotaron. La confianza entre los humanos dejó de existir: personas que antes debatían de política cordialmente tomando un café, ahora luchaban por sacos de grano. Aprendimos a comer cosas que llamábamos malas hierbas. Las universidades se convirtieron en refugios y las iglesias se usaron como hospitales. Las bibliotecas se convirtieron en fuentes de combustible porque las familias desesperadas quemaban libros antes de darse cuenta de que el conocimiento acumulado durante siglos era mucho más valioso que un poco de calor temporal.

Ahora, dieciséis años después, nuestro asentamiento cuenta con casi dos mil personas. Solo ocasionalmente conseguimos generar electricidad con turbinas hidroeléctricas reparadas. Enseño matemáticas y ciencias a los niños utilizando libros de texto rescatados e impresos antes de la guerra. Los médicos fabrican antibióticos sencillos utilizando técnicas redescubiertas en manuales centenarios. De vez en cuando llegan visitantes con historias de regiones lejanas. Redes de radio primitivas conectan comunidades separadas por cientos de kilómetros.

Cuando los jóvenes preguntan quién inició la guerra, les digo que la historia rara vez ofrece respuestas reconfortantes. Las naciones tomaron decisiones. Los líderes tomaron decisiones. Los generales tomaron decisiones. Los científicos diseñaron mejores armas. Los ingenieros construyeron ordenadores más rápidos. Los periodistas se hicieron eco de los temores de unos y otros. Los ciudadanos eligieron gobiernos. Todos participamos, aunque fuera de manera indirecta, en sistemas que premiaban más la victoria que la comprensión mutua. Cruzar «líneas rojas» tuvo consecuencias catastróficas.

La lección no es que una nación fuera excepcionalmente malvada ni otra excepcionalmente virtuosa. La lección es que todos creían imposible la catástrofe hasta la mañana en que se hizo realidad. Los hombres y mujeres de principios del siglo XXI poseíamos tecnologías asombrosas y un gran conocimiento científico y humanista. De hecho, las máquinas podían traducir idiomas al instante. Los cirujanos operaban mediante robots. La inteligencia artificial descubría medicamentos. Las naves espaciales exploraban planetas lejanos. Sin embargo, la sabiduría no avanzó tan rápidamente como la tecnología. El ansia de poder creció más deprisa que la contención.

Escribo estas palabras para los niños que nunca han usado un teléfono móvil ni han visto una ciudad iluminada por la noche. Si algún día reconstruyen la civilización que heredamos y destruimos, ojalá conserven no solo sus inventos, sino también sus advertencias. Porque las ruinas que nos rodean no son monumentos a un destino inevitable. Más bien son monumentos a decisiones que pudieron evitarse. Y saber que todo pudo evitarse, más que el invierno nuclear, los desiertos radiactivos o las capitales silenciosas, es el recuerdo más difícil de soportar de 2027″


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