SOBRE EL PUNTO DE VISTA

Hay una idea ingenua según la cual el director de cine se asoma a la cámara para registrar lo que ya existe. Pero sucede exactamente al revés: las cosas empiezan a existir de un modo determinado cuando alguien decide desde dónde mirarlas. Orson Welles no mira, o no solo mira: decide, sobre todo, desde dónde hacerlo. Como el científico que se asoma al microscopio, ha inclinado el cuerpo y ha cerrado un ojo, sacrificando así el campo visual de la vida, para aceptar lo que le muestra el estrecho túnel del visor. Ha renunciado, igual que el cazador, a verlo todo para centrarse de manera exclusiva en el trofeo. Quizá pensar consista en eso: en aceptar una reducción del escenario a cambio de un poco de sentido. Se habla del punto de vista como de una técnica narrativa, pero en el fondo es una ética. Cada uno mira desde el lugar en el que ha colocado el cuerpo, pero el cuerpo acaba revelando dónde se encuentra el alma. No piensa igual quien observa el mundo desde un ático que quien lo hace desde un sótano. No juzga igual quien habla desde el estrado que quien escucha desde el último banco. Decidir el emplazamiento de cámara equivale a una toma de conciencia.

Welles no pretende confirmar lo evidente, sino descubrir lo que se esconde tras lo manifiesto. Ahí lo vemos al acecho de la realidad como el cazador a la espera de la presa. El arte, en fin, es el resultado de un choque entre el paisaje y la actitud del sujeto frente al paisaje. Lo decisivo no es lo que se encuentra delante de la cámara, sino el pensamiento de quien se ha colocado detrás para obligarle a hablar al mundo. Juan José Millás en el País.

Lo que Millás plantea es que toda percepción es una operación de montaje. Welles, como cualquier creador, no captura la realidad: la fuerza para que aparezca de forma determinada. El mundo no es un decorado que espera ser filmado; es un magma que sólo se deja leer cuando alguien elige un ángulo, un punto de escape, una renuncia. Pensar -dice Millás- es eso: reducir para entender, sacrificar amplitud para obtener intensidad.

Esa idea es profundamente literaria: el punto de vista no es una técnica, sino una confesión. Quien mira desde un sótano no puede narrar igual que quien mira desde un ático. El sitio del cuerpo revela el lugar del alma. Y aquí Millás es especialmente fino: la mirada es siempre una forma de vulnerabilidad, porque muestra desde dónde hablamos, desde dónde juzgamos, desde dónde nos equivocamos.

Welles, en la lectura de Millás, es un cazador de realidades. No busca lo que ya sabemos, sino lo que se esconde detrás de lo que parece evidente. La cámara es un instrumento de sospecha. El director se coloca detrás del visor como quien se coloca detrás de un microscopio: renuncia al mundo para ver un fragmento cuya intensidad no permite la mirada cotidiana.

Esto convierte al cine —y al arte en general— en un choque entre paisaje y actitud. No importa tanto lo que hay frente a la cámara, sino lo que hay detrás: la conciencia que obliga al mundo a hablar.

Millás nos recuerda que toda mirada es una toma de posición, y que toda toma de posición es una forma de responsabilidad. Mirar es elegir, elegir es renunciar, renunciar es pensar. Y pensar, en el fondo, es una forma de exponerse.


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